Heme aquí escribiendo de una autora que, si bien lleva bastantes años en el circo literario, en el poco tiempo que la conozco supo ganarse mi total admiración. Sus novelas y cuentos de fantasía y ciencia ficción están entre mis favoritos, tanto por sus interesantes propuestas como por la complejidad cultural de la cual dota a sus mundos y personajes (algo debe tener que ver el ser hija de antropólogos).

Su importancia en el mundo de la fantasía y la ciencia ficción está fuera de discusión entre los y las entendidas, a pesar de que aquí en Chile es poco conocida en general (cuesta bastante encontrar sus libros, por eso yo los adquirí mediante bookdepository). Precisamente, en noviembre pasado ganó la medalla de la fundación nacional del libro estadounidense, que fue entregada por el mismísimo Neil Gaiman, quien en diversas ocasiones la ha mencionado como una influencia clave en su formación.

(Traducción del discurso de aceptación aquí).

Ese discurso no tiene pérdida. Doña Ursula ni se arruga al criticar la industria editorial:

[…] veo a muchos de nosotros, […] los que escribimos los libros […] dejando que los especuladores de mercancías nos vendan como desodorante, y nos digan qué publicar, qué escribir.

Los libros no son sólo mercancías; el afán de lucro está a menudo en conflicto con los objetivos del arte. Vivimos en el capitalismo, su poder parece inevitable – pero también lo pareció el derecho divino de los reyes. […] La resistencia y el cambio a menudo comienzan en el arte. Muy a menudo en nuestro arte, el arte de las palabras.

Pero antes de irnos totalmente por las ramas, volvamos a la reseña que nos convoca, a pesar de que no sea ninguna novedad, puesto que Tehanu es la cuarta novela de la saga –o primera de la segunda trilogía- de Terramar, publicada en 1990 y propuesta en ese entonces como la última de la serie. Su aparición suscitó halagos y alegatos por igual, pues escapa un poco del tono iniciático y de aprendizaje desde el cual Ursula K. Le Guin había levantado la primera trilogía

Ambientada también en el archipiélago de Terramar, Tehanu fue publicada 17 años después de las primeras tres novelas (1968-1972), y su ritmo es distinto, sin duda. Extrañamente, es la que he leído más rápido de las cuatro primeras.

No me leí esta edición, pero es la portada que encuentro más bonita.
No me leí esta edición, pero es la portada que encuentro más bonita.

Nuestra protagonista es Tenar, a quien habíamos conocido en Las Tumbas de Atuan (segundo tomo de la saga), quien vuelve a la soledad a causa de su viudez reciente. Sin explicárselo, sólo por instinto, comienza a hacerse cargo de una niña malherida encontrada en las afuera del pueblo. Therru (como Tenar llama a la niña) fue golpeada, violada y posteriormente quemada, en un intento infructuoso por matarla, perpetrado por sus padres y otro hombre. Es duro, pero ninguna sorpresa en los tiempos que se viven en toda Terramar. La crisis de la magia y el equilibrio a la que asistimos en La Costa Más Lejana (tercer tomo) ha hecho estragos por doquier, y la isla de Gont (donde sucede nuestra acción) no es la excepción. A la niña se le quemó la mitad de su cara y perdió un ojo, causando rechazo entre las personas a causa de su aspecto (popularmente se cree que algo o alguien violentado por el mal es malo también).

La novela va de estas cosas simples pero muy humanas y complejas. Dejando un poco de lado la magia, Tenar nos relata su vida cotidiana entretanto lidia con Therru y su sanación (física y espiritual), haciéndose cargo también de la muerte del mago Ogion (maestro de ella y Gavilán, aunque brevemente, en ambos casos) y el regreso de Ged, quien ha quedado muy dañado desde la aventura narrada en el tercer libro. Así, mientras Therru y Ged deben aprender un poco de resiliencia, Tenar se cuestiona muchos asuntos, en general concernientes a la regimentación del poder en el mundo de Terramar, eminentemente patriarcal.

Esta sociedad subordina a las mujeres de distintos modos, llamando la atención particularmente su relación con la magia: las mujeres sólo pueden aspirar a brujas, negándoseles la entrada a Roke, la escuela de magia del archipiélago, y por ende limitando su poder (precisamente, la imagen de la bruja, que en tomos anteriores había sido representada superficialmente, tiene un papel importante en esta novela, sobre todo en el personaje de Musgo, la bruja que se constituye en amiga de Tenar y Therru). Esta organización social se vive como natural por todos y todas, excepto por Tenar, quien a causa de su pasado como sacerdotisa en la oscuridad de las Tumbas de Atuan, así como su presente de extranjera (su color de piel es distinto al común en Gont) tiene una visión comparativa que la hace cuestionar el orden imperante e incluso pensar en otras formas de vivir:

‘¿Vas a estar por acá en la casa?’ le preguntó, a cierta distancia. ‘Therru está dormida. Quiero caminar un rato.’

‘Sí. Anda,’ dijo él, y ella anduvo, reflexionando sobre la indiferencia de un hombre en torno a las exigencias que guían a una mujer: que alguien no debe estar lejos de un niño dormido, que la libertad de uno significa la esclavitud de otro, a menos que se alcance un siempre-cambiante equilibrio móvil, como el balance de un cuerpo moviéndose hacia adelante, como ella hacía ahora, sobre dos piernas, primero una luego la otra, en la práctica de un arte extraordinario, caminando… (traducción libre)

Cuando terminé la novela todo esto me pareció un giro muy interesante, pero algunas críticas que pillé luego alegaban un negativo cambio de ritmo con respecto a las novelas precedentes, repudiando la escasez de magia y la abundancia de emoción-sensibilidad que impregna la obra por estar narrada desde un punto de vista femenino. Yo no estoy de acuerdo con esas críticas, puesto que si bien en este libro la protagonista indiscutida es Tenar, en todos los tomos de la serie la emoción y la sensibilidad tienen un papel importante (provenientes de hombres, mujeres, niñas y niños), la maduración y el crecimiento son una de sus características más notorias, así como el elaborado desarrollo interno de sus personajes (que no son unidimensionales, se equivocan y aprenden en una búsqueda de equilibrio constante).

Portada de Tehanu en el "The Earthsea Quartet", la edición que leí. 1993. Penguin Books, London.
Portada de Tehanu en el “The Earthsea Quartet”, la edición que leí.
1993. Penguin Books, London.

 

En el prefacio de Cuentos de Terramar Ursula K. Le Guin justifica los cambios que impregnarían la segunda trilogía (publicada entre 1990 y 2001, en un contexto en que la literatura juvenil vivía un auge novedoso) con las siguientes palabras: “La fantasía mercantil no toma riesgos: no inventa, sólo imita y trivializa. Procede privando a las antiguas historias de su complejidad intelectual y ética, convirtiendo su acción en violencia, sus actores en muñecos, y lo que tiene de verdad en su relato es convertido en un cliché sentimental”. (Es bien puntuda la señora, por algo escribió una novela como Los Desposeídos, sobre un planeta anarquista…)

Leer los últimos dos libros de la saga sólo traerá desdicha a quienes no son capaces de abrirse a los cambios: se hace una revisión exhaustiva de la historia del archipiélago, explicando el origen de la regimentación del poder entre los hombres y la subordinación de las mujeres, pero también se abre una alternativa mediante el desarrollo del arco argumental que comienza en Tehanu. Más no cuento porque hay que leer esta saga, no sólo por su carácter feminista (una oxigenación más que agradecida dentro de la literatura fantástica), sino sobre todo por su carácter humano.