Un homenaje a las figuras del comic que nos dejaron en 2012

Se termina 2012 y a la hora de hacer recuentos es triste mirar para atrás y ver cuántas importantes figuras del comic nos dejaron este año. Pero al mismo tiempo, siempre es bueno recordarlas y decirles gracias por darnos mundos imaginados.

JOHN SEVERIN (26 de diciembre de 1921 – 12 de febrero de 2012): uno de los artistas más prolíficos de la industria, además de ser uno de los pocos de sus pares que trabajó hasta sus últimos años dibujando o entintando series para Marvel, DC, Dark Horse y otras. Su lista de trabajo es muy extensa para nombrarla acá, pero pudo ver su mano en MadCrackedThe Incredible HulkJourney Into MysterySavage TalesBat LashWitchfinderTwo-Gun KidThe Rawhide KidSemper FiOur Fighting ForcesCreepyEerieFrontline Combat.

Retrato de John Severin por su hermana Marie para Graphic Story Magazine #13.

 

Portada de Semper Fi #1 (diciembre 1988).
“Star-Warz”, Cracked #146 (noviembre 1977) dibujada por Severin.

 

SHELDON MOLDOFF (14 de abril de 1920 – 29 de febrero de 2012): puede que resulte desconocido para la mayoría de los lectores, pero Moldoff es uno de los pocos que estuvo en el surgimiento de la época dorada de los comics trabajando como el primer asistente de Bob Kane en Detective Comics. Así, ayudó a co crear importantes villanos de Batman como Poison Ivy y Mr. Freeze así como a la original BatGirl. Además, dibujó la primera portada presentando a The Green Lantern (All-American #16), además de Hawkman, Flash y Superman.

JEAN “MOEBIUS GIRAUD (8 de mayo de 1938 – 10 de marzo de 2012): no es fácil hablar de uno de los artistas europeos más influyentes de las últimas décadas, que dibujó y escribió algunos de los más revolucionarios comics de ciencia ficción, además de aportar su exquisita mirada en los vestuarios y sets de películas como Alien, TRON y El Quinto Elemento. Pocos artistas han alcanzado la admiración y reconocimiento de Giraud y sin duda seguirá siendo recordado por eones. Mejor dejar que su trabajo hable…

MAURICE SENDAK (10 de junio de 1928 – 8 de mayo de 2012): creador de Where the Wild Things Are, inspiró a niñ@s de todas las edades trabajando tanto en libros infantiles como sets para producciones musicales, libros ilustrados, portadas de albums, y más. Su relación con los comics vino desde joven, creando una tira para el diario de su colegio y trabajando más tarde en All-American Comics. Su obra influyó en muchos otros artistas y seguirá haciéndolo.

TONY DE ZUÑIGA (8 de noviembre de 1941 – 11 de mayo de 2012), fue uno de los primeros filipinos en entrar en el mercado norteamericano, co creando a Jonah Hex junto al guionista John Albano además de trabajar en Conan el Bárbaro en Marvel. Por otro lado, dibujó una serie de personajes populares como Thor, los X-Men, Batman, Dracula, Iron Man y Spiderman. Incluso, De Zuñiga es uno de los pocos que puede sumar haber trabajado por diez años en la industria de videojuegos, como diseñador conceptual en Sega.


RAY BRADBURY(22 de agosto de 1920 – 5 de junio de 2012): después de Moebius otra leyenda de la ciencia ficción nos dejó. Autor de obras eternas como Crónicas Marcianas y Fahrenheit 451 su contribución es vasta no sólo en la CF sino en todos los ámbitos del entretenimiento, incluidos los comics. En los cincuenta, 27 de sus historias fueron adaptadas para EC Comics, las cuales más tarde fueron recopiladas en ediciones que incluían portadas del artista Frank Frazetta. Reconoció muchas veces ser fan de las viñetas, enamorándose de ellas a los tres años y siendo influenciado en especial por Buck Rogers y Tarzán. Su trabajo fue presentado en adaptaciones autorizadas como Fahrenheit 451, que cuenta con su introducción y se alza como un gran ejemplo de su prosa perfecta para ser llevada a imágenes. “The thing about my books is, they’re all graphic novels”.

THEMO LOBOS (3 de diciembre de 1928 – 24 de julio de 2012): sin duda uno de los más grandes autores de comics chilenos. Su trabajo como dibujante, guionista y editor ha sido reconocido tanto por lectores como por creadores que fueron motivados por sus historias. Su obra más popular, Mampato sigue calando en el imaginario nacional y expandiéndose desde el fin del mundo.

JOE KUBERT (18 de septiembre 1926 – 12 de agosto de 2012): Yosaif Kubert llegó desde Polonia a Estados Unidos y a los 14 años ya estaba de asistente en The Spirit para Will Eisner. Su gran salto vino en el 44 al dibujar Hawkman para All-American Comics pasando más tarde a consolidarse con sólo 20 años y sin detenerse durante décadas.

SPAIN RODRÍGUEZ (2 de marzo de 1940 – 28 de noviembre de 2012): considerado uno de los nombres más importantes del comic underground (conocido como comix), pudo manejarse con talento tanto en la ciencia ficción como en las historias heroicas, de guerra, crítica social y la dramatización de sus propias experiencias. Además de crear a Thrasman en Zodiac Mindwarp, realizó muchos trabajos de no ficción, retratando la vida de figuras como Joseph Stalin y el Che Guevara.

Spain junto a sus compañeros artistas Robert Crumb, Paul Mavrides, Victor Moscoso y S. Clay Wilson reunidos para trabajar en Zap #14 en 1998.

 

 Gracias por las imágenes eternas y nos vemos en los sueños.

Muere Themo Lobos y la aventura ahora es nuestra

Se perdieron tantas cosas con él, tantas cosas que nunca pensamos que se iban a perder. Se perdieron los abuelos que tenemos los 16 millones de poetas de este país grupiento hasta para la más cotidiana anécdota, esta tierra de dibujantes (algunos con lápices, otros con las manos sobre el aire), esta tierra de talleros, de parlanchines dulces. Se perdió el abuelito con el que mirabas cualquier película de aventuras y sabías que tú y él estaban disfrutando y sufriendo a la par cuando Ben Hur casi pierde la carrera, cuando el Capitán Futuro corre y no alcanza a llegar a su nave espacial, cuando Sandokán salta de cubierta a cubierta armado sólo con su espada y su grito feroz.

Se perdió también ese momento que marca quien serás toda la vida: la edad exacta que tenía Mampato cuando debía dudar y equilibrar su pasión por los libros y la fantasía con sus ganas de pelear en la calle y correr por tierras desconocidas, cuando acompañaba enamorado a la increíble Rena sin saber que eso se llamaba estar enamorado, cuando estaba al borde de una muerte de verdad posible y pensábamos, temblando con la revista en la mano, que de verdad Mampato podía morir y que por lo tanto también uno podía morir, y aunque la CNI o los accidentes o las enfermedades o los rumores ya nos habían alertado y mostrado la muerte recién en ese momento lo entendíamos, lo contemplábamos. Porque nos los contaba el abuelo.

Se va tanta gente, y aunque a veces pensamos que es natural que nos dejen los viejos, sólo queda admitir, contra lo que dicta la intuición, que la tragedia se multiplica. En vez de que se pierdan esperanzas, anhelos, se pierden miles de vidas tocadas, y miles que no se alcanzaron a tocar porque ochenta y cuatro años es demasiado poco tiempo para cierta gente (potencialmente, para todos). Lamentamos la muerte de los viejos artistas que no nos han vuelto a dar grandes obras porque sabemos lo que hicieron, y sus antiguas medallas son como su aura acompañándonos, alentándonos de que el futuro puede ser tan brillante o tan intenso como el que ellos soñaron. Entre los que murieron este año estuvo Ray Bradbury, otro hombre que fue un abuelo-niño durante toda su vida, igual que Themo Lobos. Habrían sido grandes amigos, obvio, y de alguna manera lo eran, pertenecían al mismo club que sabía que a Mampato u a Ogú o al protagonista del cuento undécimo de Las Crónicas Marcianas les bastaba una sonrisa para comenzar bien cualquier situación, y el resto pertenecería a la aventura o al terrible mundo que había que saborear aunque fuera peligroso. Eso sabía Themo Lobos y algunos otros, que hay que recorrer el mundo justamente por eso: porque es dulce y peligroso.

Sus méritos y sus grandes momentos son una lista que no recorreré porque sus lectores la recuerdan al dedillo y los que aún no lo han leído lo harán ahora, encontrándose página a página con sus bromas y su constante ansia de clímax y riqueza humana. Sí puedo compartir otra cosa: el hombre cincuentón que en alguna firma de libros le confesó que estaba enamorado de Rena desde los 13 años, o el niño que le pregunta dónde podía ir a conocer a Ogú, o sus más nuevos lectores vislumbrando, ante ese flujo de aventuras sorprendentemente parecido a la adrenalina de un videojuego, que quizás sus padres también fueron niños, y por lo tanto, quizás, ellos también podrían ser como sus padres, o incluso, ser como Mampato.

Mi recuerdo personal es ir con mi familia a la gran feria de verduras de mi provincia, tentado por la idea de que después de cargar papas y acelgas podríamos pasar por la contigua feria de las pulgas a revisar los Reader’s Digest y otros libros raros apilados junto a alicates y cassettes, y ahí entre el polvo hojear las colecciones de Mampato buscando el número que faltaba, tentado de tener tanto dinero como para poder llevarme de ahí toda esa pila y no verme obligado a renunciar a Bagdad, a los mutantes del Siglo Cuarenta, a la Corte del Rey Arturo, a las auroras boreales del primer descubrimiento de América junto a Leif Erikson, a la ominosa presencia del Capitán Ahab junto a ballenas que le quitaban el aliento hasta a Ogú. Pero había que perder todo eso porque era imposible renunciar a la que estaba leyendo en ese momento, el crescendo trágico del árbol inexpugnable de Fergus el tirano.

Acá el corazón no puede ocultar su rostro cerebral y conciente. Sabemos que las instituciones (sea el gobierno y el estado tanto como la once familiar y la cerveza con los amigos) encumbra a los grandes creadores al precio de mutilar u ensombrecer lo que en ellos rebalsa el Statu Quo: la vida queer y la crítica social de Gabriela Mistral, el desprecio por su propia clase de Huidobro, el Roberto Matta cansado de Chile hasta el vértigo. Sabemos que Mampato fue un rebelde, Themo Lobos ha confirmado que era de izquierda, y que incluso si esa denominación ha perdido sentido en estos días, Mampato dejó claro en su más peligrosa aventura, “El Árbol Gigante”, que a los dictadores se les llama dictadores y que sólo hay una posición posible frente a ellos. Es políticamente incorrecto decirlo, o lo ha sido durante veinte años, y es importante que en su última entrevista Themo Lobos haya aclarado su posición política y (más importante), la de su héroe, su legado a la imaginación de Chile. Es importante porque así como las ideas no se apagan, los retratos hechos con los ojos bien abiertos no pueden ser olvidados, aunque se borren los nombres y nunca se re-editen los catálogos. Los adolescentes de hoy, más chascones, más salvajes, y más desesperados, también están buscando a su Mampato interior, aventurero y rebelde contra lo que es importante rebelarse.

Y a juzgar por lo que hemos visto en este último par de años, esos jóvenes están encontrándolo. Otros artistas han dicho que el futuro rebelde de Chile está en sus niños. Themo Lobos inspiró a esos niños sin pensar en sus edades. Estoy seguro de que está orgulloso de ellos, de sus nuevas formas de leer, de jugar, de marchar en las calles, de escribir en fanfics y en foros de internet y en lienzos. Como un abuelo feliz, está orgulloso de nosotros, y eso es una esperanza para esta nación de cuentacuentos, de soñadores y soñadoras, del país que predijo y dibujó justo en el momento en que Mampato se decidía por apretar los puños, despertar y aceptar sin miedo la aventura.

Homenaje de Epilachu

Neil Gaiman se despide de Ray Bradbury: "dejó el mundo un mejor lugar"

Y siguen los homenajes, las despedidas a Ray Bradbury, y comparto con ustedes la del que es mi escritor favorito Neil Gaiman. No diré mucho más porque me llegó a emocionar, como siempre Gaiman con sus imágenes hermosas:

Yesterday afternoon I was in a studio recording an audiobook version of short story I had written for Ray Bradbury’s 90th birthday. It’s a monologue called The Man Who Forgot Ray Bradbury, and was a way of talking about the impact that Ray Bradbury had on me as a boy, and as an adult, and, as far as I could, about what he had done to the world. And I wrote it last year as a love letter and as a thank you and as a birthday present for an author who made me dream, taught me about words and what they could accomplish, and who never let me down as a reader or as a person as I grew up.

Last week, at dinner, a friend told me that when he was a boy of 11 or 12 he met Ray Bradbury. When Bradbury found out that he wanted to be a writer, he invited him to his office and spent half a day telling him the important stuff: if you want to be a writer, you have to write. Every day. Whether you feel like it or not. That you can’t write one book and stop. That it’s work, but the best kind of work. My friend grew up to be a writer, the kind who writes and supports himself through writing.

Ray Bradbury was the kind of person who would give half a day to a kid who wanted to be a writer when he grew up.

I encountered Ray Bradbury’s stories as a boy. The first one I read was Homecoming, about a human child in a world of Addams Family-style monsters, who wanted to fit in. It was the first time anyone had ever written a story that spoke to me personally. There was a copy of The Silver Locusts (the UK title of The Martian Chronicles) knocking about my house. I read it, loved it, and bought all the Bradbury books I could from the travelling bookshop that set up once a term in my school. I learned about Poe from Bradbury. There was poetry in the short stories, and it didn’t matter that I was missing so much as a boy: what I took from the stories was enough.

Some authors I read and loved as a boy disappointed me as I aged. Bradbury never did. His horror stories remained as chilling, his dark fantasies as darkly fantastic, his science fiction (he never cared about the science, only about the people, which was why the stories worked so well) as much of an exploration of the sense of wonder, as they had when I was a child.

He was a good writer, and he wrote well in many disciplines. He was one of the first science fiction writers to escape the “pulp” magazines and to be published in the “slicks”. He wrote scripts for Hollywood films. Good films were made from his novels and stories. Long before I was a writer, Bradbury was one of the writers that other writers aspired to become. And none of them ever did.

A Ray Bradbury story meant something on its own – it told you nothing about what the story would be about, but it told you about atmosphere, about language, about some sort of magic escaping into the world. Death is a Lonely Business, his detective novel, is as much a Bradbury story as Something Wicked This Way Comes or Fahrenheit 451 or any of the horror, or science fiction, or magical realism, or realism you’ll find in the short story collections. He was a genre on his own, and on his own terms. A young man from Waukegan, Illinois, who went to Los Angeles, educated himself in libraries, and wrote until he got good, then transcended genre and became a genre of one; often emulated, absolutely inimitable.

I met him first when I was a young writer and he was in the UK for his 70th birthday celebrations, held at the Natural History Museum. We became friends in an odd, upside-down way, sitting beside each other at book-signings, at events. I would be there when Ray spoke in public over the years. Sometimes I’d introduce him to the audience. I was the master of ceremonies when Ray was given his grand master award, by the Science Fiction Writers of America: he told them about a child he had watched, teased by his friends for wanting to enter a toy shop because they said it was too young for him, and how much Ray had wanted to persuade the child to ignore his friends and play with the toys.

He’d speak about the practicalities of a writer’s life (“You have to write!” he would tell people. “You have to write every day! I still write every day!”) and about being a child inside (he said he had a photographic memory, going back to babyhood, and perhaps he did) about joy, about love.

He was kind, and gentle, with that midwestern niceness that’s a positive thing rather than an absence of character. He was enthusiastic, and it seemed that that enthusiasm would keep him going forever. He genuinely liked people. He left the world a better place, and left better places in it: the red sands and canals of Mars, the midwestern Halloweens and small towns and dark carnivals. And he kept writing.

“Looking back over a lifetime, you see that love was the answer to everything,” Ray said once, in an interview.

He gave people so many reasons to love him. And we did.

“Dejó el mundo un lugar mejor, y dejó mejores lugares en él”. Ay.

El saludo de Ray Bradbury a Superman: el maravilloso escrito publicado en 1984

Murió Ray Bradbury, y me viene una de esas penas extrañas cuando alguien con talento y creador de mundos se va, alguien que no conoces, pero que de alguna forma te ha hablado como si te conociese.

Y empiezo a hacer memoria y recuerdo uno de los grandes lectores de Ray Bradbury: Superman. Hay historias en que se cuenta cómo Superman leía sus libros desde niño. Y como dije en twitter, el amor y respeto era mutuo.

En una de esas bellas conexiones del mundo del comic, Ray Bradbury escribió sobre S, sobre como él se pudo ver en Clark Kent, como todos lo hemos necesitado alguna vez y como los comics tomaron el lugar que merecían.

Le dejo este texto maravilloso:

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